Siempre tenía esa sensación de que te olvidas algo, pero no puedes saber qué es, así que no le había dado importancia. Tuvo que volver a entrar y recoger la mochila del suelo de su habitación.
Después de media hora en bus, pasando por las mismas calles de siempre, sin que nada cambiara nunca, viendo las mismas caras desconocidas, pero a la vez conocidas de siempre. Siguiendo al fin y al cabo la monotonía que regia su vida, llegó al instituto.
Seguía la sensación de olvido. En más de una ocasión había pensado que podría ser culpa de su cerebro, de alguna neurona defectuosa que se había olvidado de que tenía que dejar de olvidar.
La mañana transcurrió como siempre, clases, recreo (en el que pretendía hablar como si la conversación le importara de verdad) y vuelta a casa.
En cuanto entró por la puerta su madre la llamó por su nombre, con ese tono tan propio de las madres cuando quieren decir algo que les parece transcendental. ¿Se habría olvidado de hacer algo? Al llegar al salón su madre estaba sentada en el sofá viendo las noticias, cuando cruzó el umbral de la puerta se giró y le dijo: "Ya he comido por que me encontraba un poco mal, tu plato está en el microondas". En el momento en el que acabó de hablar le dieron ganas de gritarle. Por un momento, cuando la reclamó, había sentido una sensación de alivio pensando que ahora su madre terminaría con esa horrible sensación de olvido. Pero sus expectativas no se habían cumplido, y su neurona seguía olvidándose de dejar de olvidar.
Al mismo tiempo, en otro lugar del mundo, un neurona gemela, pero esta vez viviendo en el cerebro de un hombre de 89 años, con el tiempo había intentado suplir la sensación de olvido por algo desconocido olvidando cosas de su memoria. Primero solo fueron las cosas más fáciles a su alcance, dónde había dejado el reloj o cual era su número de teléfono. Más adelante había conseguido llegar a los nombres de las personas, o los recuerdos de su juventud. Ahora ya era muy rápida, era capaz de olvidar donde estaba en ese momento, o incluso su propio nombre. Este proceso se fue acelerando hasta no quedar nada en su mente excepto esa neurona olvidadiza, que al final, como última consecuencia, se olvidó de vivir.